domingo, 14 de febrero de 2016

Aquí os deja un relato corto, que participo en el IX Premio Literario Hospital Universitari i Politècnic La Fe 2015 Modalidad: Narrativa, relato corto,  y que me ha facilitado una compañera de penurias en la Fe y que forma parte de nuestra familia. Ella ya tiene a su sueño creciendo en su barriguita. Espero que os guste.
Gracias Amor!

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“Fase cero”

 

Esa mañana de julio es especialmente calurosa. Pese a la evidencia clara del verano, la sala de espera del área de Reproducción Asistida del hospital está desbordada. El deseo de ser madre no se va de vacaciones. Sudorosas, desesperadas, nerviosas, agotadas de esperar, decenas de mujeres observan con atención la pantalla donde se muestran los nombres y la sala a la que les corresponderá ingresar. Algunas se abrazan a sus maridos y descansan en su pecho; otras que han acudido solas leen, miran sus móviles o revisan la hoja de tratamiento que les pedirán al entrar a consulta. Sus rostros revelan el impacto físico y emocional que el tratamiento hormonal para conseguir un embarazo conlleva. A veces, la maternidad se convierte en un verdadero desafío para algunas parejas. Un desafío que debe batallarse, muchas veces, desde el silencio y el pudor social. Porque de estos temas “no se habla”. Incluso ahí, en esa sala en la que ya se sabe a lo que se va, la mayoría opta por no cruzar sus miradas, por evitar algún atisbo de conexión y empatía que pueda ser el preámbulo de una conversación. Pocas son las que se atreven a conversar, a regalar una sonrisa. Se trata, casi siempre, de las mujeres que llevan más de un intento fallido. O dos. O tres. Con esto nunca se sabe… Son las que perseveran como guerreras ante el dolor y la desilusión de resultados negativos. Las que luchan cada día por mantener la fe.

-          ¿Vienes a ecografía?

-          Sí, bueno… me he hecho la analítica esta mañana. Me verán el nivel de estradiol y harán ecografía, para ver cómo vamos avanzando. A ver si esta vez tengo suerte y ovulo con normalidad. En la primera FIV tuve una hiperestimulación y me suspendieron el tratamiento. ¿Es tu primera vez?

-          De FIV, sí, pero ya me hice cuatro inseminaciones antes. A ver qué tal…

-          Tú tranquila, ten fe, ya verás que todo saldrá bien.

 

Y una mirada fraterna surge, fugazmente, durante medio segundo quizá, pero surge. Ellas se alientan y se apoyan con la boca pequeña. Saben que las probabilidades de éxito disminuyen con los años. Saben que, por muy bien que vaya todo, hay una parte que ninguna eminencia médica puede controlar. Saben que en el desarrollo natural de un embarazo pueden existir giros inesperados. Pero también saben, y a eso se aferran, que la vida se abre paso por encima de cualquier adversidad.  Y eso es maravilloso.

- Teratoma. Se llama teratoma

- ¿Tera… qué?? ¡Jamás en la vida lo había escuchado!

- Es una especie de tumor enorme y feo que se te hace ahí adentro. Yo ni sabía que lo tenía. No presenté nunca síntomas. Hasta que un día fui a urgencias, porque me dolía mucho el lado derecho y pensaba que era el apéndice o algo así. Cuando me revisaron, vieron que, al otro extremo, al lado izquierdo, tenía un bulto con el tamaño de un embarazo de 5 meses. Eso me empujaba y me provocaba el dolor. Yo siempre he sido gordita, con caderas anchas, no se me notaba nada raro físicamente.

- Menos mal que te lo identificaron y lo sacaron sin problema

- Sí, porque hubiera seguido creciendo. Me lo enseñaron después de la operación: Tenía pelos y dientes. “Teratoma” viene de “tera” (monstruo) y “toma” (tumor). Lo leí en Google. Chungo, tía, muy chungo...

 

Quien habla es una andaluza con un tono de voz bastante alto. Conversa con la chica de al lado, pero toda la sala está atónita con su relato. Risueña, rubia, cercana, su mini falda vaquera deja ver unas piernas voluptuosas que no paran de moverse. Está nerviosa: “Quiero ‘fumá’, no puedo ‘má’. Mi doctora dice que es más fácil que se quede ‘preñá’ una mujer que fuma, pero no una mujer ansiosa”. Decidida y con golpe de melena, se retira con un cigarro y un mechero en la mano. La muchacha de al lado se queda visiblemente preocupada por si salta su número en la pantalla y pierde el turno, durante su ausencia. Se le ve padeciendo: “Tanto tiempo de espera para que pierdan el turno por un cigarro”, dice.

La administrativa que está en el mostrador es una señora de unos 60 años, amable, educada y con el carácter necesario para organizar todo en una consulta que conlleva lidiar con muchas parejas al límite de los nervios, agotadas, molestas, incluso deprimidas. En su manera de hablar y explicar cada cosa se reflejan los años de experiencia y el gusto que tiene por su trabajo. A su lado está una chica joven, de unos 25 años, que está siendo entrenada por ella para cubrir las vacaciones veraniegas.

-          Antes de dar cita, tienes que preguntar de qué grupo son: rojo, azul o amarillo

-          Mira qué bien, va por colores…

-          Cuando te digan lo que necesitan, le das click al color, le das F5, buscas en este calendario y miras para cuándo hay disponibilidad

-          Guay

-          Luego adjudicas al médico que tenga hueco y pones con iniciales lo que se hará. Para las analíticas no sale horario, así que tienes que ponerlas como urgencia, imprimes el volante y les dices que acudan a las 8:30 a extracción de sangre

-          Tempranito…

-          ¿Quieres dejar de masticar chicle?

 

Una mujer árabe, que aparenta unos 35 años de edad, se acerca al mostrador a hacer una consulta. Todos en la sala la miran. Su velo y vestimenta larga dejan muy poca piel al descubierto. Una señora mayor que acompaña a su hija, la mira de pie a cabeza y se abanica con mucha fuerza, sin disimulo: “Qué barbaridad!”, dice, resoplando.

Con el mejor de sus intentos, la administrativa de mayor edad le explica que debe validar la cita con su tarjeta SIP en la máquina, fijarse en el número de su sala y luego sentarse a esperar a que salga su nombre en la pantalla. Ella le entiende con dificultad. Es necesaria una segunda explicación, esta vez, con señas. El hombre que la acompaña, probablemente su marido, la toma del brazo y la guía hasta la máquina más cercana. Ella vuelve a los pocos minutos y se queda esperando de pie, apoyada en una columna cerca de la puerta. Sus ojos son enormes. Negros, profundos e intensos. Sabe que la observan y agacha la cabeza. Lee una especie de boletín de colores llamativos.

-          No entiendo cómo aguantan esa ropa con este calor, dice la señora del abanico, moviendo el brazo con más velocidad

-          Sshhh… baja la voz, mamá. Es su cultura.

-          Sí, claro, su cultura… Yo a él lo veo bien cómodo y fresquito, ¿qué cultura va a ser esa?, murmura.

-          No empieces. Levántate, que ya nos toca!

 

Algo pasa con el orden en que están llamando a las consultas. Una chica se levanta rápidamente, diciendo que llegó media hora antes que la señora del abanico y su hija. Que no es posible que las llamen antes si ella está citada más temprano. La chica que estaba al lado de la andaluza del teratoma también protesta y dice que ella, incluso, llegó más temprano que todas. A su vez, la andaluza pide que le aclaren cuánto tiempo más deberá esperar y si creen que le da tiempo para bajar y fumar otro cigarro.

 

-          Vamos a ver señoras!!! Calma, calmaaaa!!!, dice la administrativa mayor, intentando poner orden. Si todas tienen cita, van a pasar. En verano hay médicos de vacaciones y es normal que tarden más, por la saturación que tienen. Les pido que tengan paciencia, por favor. Colaboren un poco!, remata.

 

Por fin, veo mi nombre en la pantalla. Después de una hora y cuarto, apenas he avanzado dos páginas en mi libro. Lo guardo en el bolso y avanzo hasta la sala que me corresponde. Atrás dejo los murmullos de las quejas que no paran. Entro a mi consulta. Saludo al médico. Me indica que me prepare y pase al sillón de ecografías. Me tumbo. Espero. Respiro…

Durante el proceso de estimulación hormonal, las ecografías sirven para confirmar si la ovulación se está dando de la forma esperada. La prueba se complementa con los resultados de una analítica previa que mide los niveles de estradiol en la sangre. Si el médico considera que ya hay un buen número de óvulos para extraer, confirma la cita para la “punción de óvulos”, una intervención que se hace en quirófano y necesita sedación. Si no, recomienda más días de estimulación hormonal (pinchazos alrededor del ombligo), hasta obtener la mayor cantidad de óvulos posible, sin llegar a hiperestimular. Los óvulos de mejor calidad serán fecundados en laboratorio con el esperma de la pareja para formar embriones y, si esos embriones evolucionan bien, uno o dos serán introducidos en el útero,  en la fase llamada “transfer”. Quince días después se hace la prueba de embarazo, para saber si el resultado es positivo.

Pienso en la complejidad de la concepción y en cómo, a mi pesar, en poco tiempo me he llegado a informar tanto sobre estos temas, cuando a mi alrededor todas las mujeres parecían quedarse embarazadas fácilmente. Mientras mira mi útero y ovarios, a través de las imágenes del ecógrafo, el médico le dicta a una residente en prácticas que teclea en el ordenador lo que ve:

-          Uno de 15, dos pequeños de 11, dos rojos de 20, otro de 22, el otro quiste sigue ahí, no se cuenta… En total, seis en el ovario derecho, sumando los cuatro del izquierdo que teníamos hace tres días, estamos listos. Haremos la punción en dos días, me confirma.

-          Ok, perfecto.

-          Pide cita afuera para punción. ¿Ya tienes tus pruebas listas y has pasado con el anestesiólogo para quirófano, verdad?

-          Sí, eso lo hice hace tres días. Ya entregué mis pruebas y me dijeron que todo estaba bien

-          De acuerdo. Suerte y que vaya todo bien.

-          Gracias.

 

Salgo con mi volante en mano para pedir cita y veo el reloj en mi móvil: Doce minutos de consulta. Siempre tengo la sensación de que todo mundo tarda mucho en el médico, menos yo. Lo mío es un entrar y salir, después de al menos una hora de espera. Abro la puerta del pasillo hacia la sala de espera y me pongo en la cola para pedir cita. Avanzan rápido. Me atienden bien. La muchacha joven ya no mastica chicle y ha entendido cómo funciona el sistema informático. Cuando estoy a punto de terminar mi periplo, sale de otra consulta la chica que se sentaba al lado de la andaluza fumadora. Está llorando. Su rostro profundamente triste y sin esperanza realmente me conmueve. Está sola y se limpia las lágrimas con disimulo, mientras se despide sutilmente girando la cabeza, como diciendo “esta vez no ha podido ser”. Con una débil sonrisa, suelta casi en un susurro: “Suerte, chicas”.

La andaluza regresa de fumar otro cigarro y se la topa en la puerta. La abraza. También llora. La sala se queda en un silencio muy pesado. Otra vez las cabezas agachadas…

Cojo el volante de la cita para dentro de dos días, y avanzo hacia el pasillo donde está el ascensor. Justo al lado, están las salas de espera de Ginecología y Pediatría. Veo mujeres embarazadísimas, sentadas en posturas extrañas, quejándose del peso del bebé y lo incómodo que resulta dormir y caminar. Continúo y oigo el llanto de bebés recién nacidos, arrullados por padres ojerosos y abatidos por la desesperación de sus criaturas. Siento un ligero espasmo en el estómago al pensar que lo que estoy viviendo en este momento es apenas una “fase cero”,  a la que aún le espera una montaña rusa de emociones y experiencias en el camino de la maternidad. Subo al ascensor en el que, excepcionalmente, estoy sola. Me veo en el espejo y me descubro los lagrimales húmedos y brillantes. Quiero que esos tres pisos sean una eternidad para respirar y aliviarme un poco...

Bajo, atravieso todo el hall de la entrada principal, cojo el periódico del hospital, esquivo al señor de la lotería y ya estoy en la calle. Pienso en la cantidad de historias y sentimientos que hay detrás de cada rostro de las personas que visitan un hospital: Alegrías por nacimientos, llantos por muertes, miedo e incertidumbre por enfermedad… Corazones que agradecen o maldicen, que confían con devoción absoluta o que escupen con fuego la poca fe que les quedaba… En definitiva, historias silenciosas que condensan la intensidad de la vida en unas cuantas torres de cemento.

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